
¡Pero nos hemos acostumbrado tanto a estar aquí! A pesar de ciertas incomodidades. A pesar de las visitas o situaciones desagradables que vivimos en ella. No siempre hubo luz entre sus muros. Por momentos reinó la oscuridad y también se coló el frío por las ventanas abiertas. Pero era nuestra casa y había qué estar en ella.
Hoy los muros comienzan a resquebrajarse. No encontramos ya la manera de fortificarlos. Aunque insistimos y nos resistimos a abandonarla. O quizás son nuestros familiares quienes nos invitan a hacerlo aún, a prolongar nuestra estancia dentro de ella. Tratan de ayudarnos a tapar una grieta, resanar un muro, o reparar aquella desvencijada puerta que se está cayendo, vencida por el tiempo.
Se nos olvida que la casa es rentada tan sólo por un tiempo. No es nuestra. No nos pertenece ni nosotros pertenecemos a ella. No vale la pena empecinarnos en permanecer dentro de esos espacios. Ya no hay otra salida. Se nos acabó el contrato. Olvidamos que éste era tan sólo un trato temporal.
No recordamos que nuestro contrato indefinido es el que viene ahora: el de nuestro verdadero y eterno hogar, el espiritual. En este momento, quizás, tan sólo nos toca abandonar esa casa rentada: la morada temporal de nuestro efímero cuerpo físico…
Intuimos que llegó ese momento. Sin embargo, sólo el propietario de los bienes inmuebles tiene la última palabra. Sólo Él…
Elvira G.
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