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lunes, 4 de abril de 2011

Pequeño Gran Hombre...

Pequeño Gran HombreQuizás fue porque nunca me enseñaron a luchar -dijo el pequeño cobarde para sí, segundos antes de caer desplomado, apabullado y deshecho ante sus incipientes intentos... y sus primeras derrotas. Tal vez, si hubiera intentado tan sólo una vez más... ¡Tal vez entonces se hubiera coronado triunfador!

Pero no, desafortunadamente, se dejó vencer demasiado pronto. Nunca se percató de que "a luchar en la vida", no se aprende en una escuela específica; se aprende en el día a día. Que es precisamente el desánimo, el acicate para volverlo a hacer mañana, y aún con más coraje, y con más decisión y seguridad que hoy.

Lo que tú hagas o como tú lo hagas, quizás no guste a todo mundo. Pero es la manera UNICA en que Dios te lo ha permitido hacer. Y debes de luchar por tu posición. Inténtalo, chico! Nadie más que tú podrá experimentar la maravilla de saberte vencedor de ti mismo. De haber derrotado tus frustraciones. Tus desánimos. Tus desconsuelos. Tus dudas. Tus temores. Nefastos presagios de la destrucción de tu verdadero SER.

Y, ¿de dónde nacen, o dónde surgen esos entes aniquiladores? Del propio terreno virgen de tus pensamientos. Ahí se van agazapando poco a poco. Van robándole espacio y poder a lo positivo que hay en ti. ¿Por qué ahora que eres adulto, has de quejarte porque "desde niño no me inculcaron seguridad en mí mismo"?... o "si al menos alguien me hubiese dicho que yo podía hacer bien las cosas!"...

¿Sabes? nunca es tarde para que uno mismo tome las riendas de su vida. Resulta muy cómodo y fácil echarle a otros la culpa de lo que te pasa, en lugar de asumir la responsabilidad de tus circunstancias, que no son producto de otra cosa, sino de tus propios pensamientos negativos, plenos de temor e inseguridad.

Si ahora te das cuenta de que nadie te dijo de pequeño que tú valías mucho, ¿sabes cuál es la solución? Así de fácil: comenzar, ahora mismo, pero efectivamente, a decirte constantemente, que tú vales mucho. Que eres un Ser Irrepetible. Que eres todo un Príncipe, porque eres hijo de la Luz.

Que debes caminar por la vida con la cabeza muy en alto, y el orgullo de saberte de nobilísima estirpe, a flor de piel. ¿Que no puedes? ¿Que la vida es difícil? ¡Ríete de ti mismo! De tus pensamientos aniquiladores, mediocres y derrotistas.

Sácalos de tu mente como quien saca con una pesada escoba toda la basura que hay en casa. Sí, porque en la casa de tu mente, no debe haber cabida más que para pensamientos edificantes, que te construyan.

Tú eres, hijo mío, un hijo de la inteligencia, del amor, del poder. Apréndete esto. No hay imposibles, tan sólo seres que se piensan imposibilitados. Sí, llora si quieres. Llora porque vas a reedificarte. Porque vas a dejar tirada por el suelo la piltrafa de tu derrotismo.

Quítate esos ropajes que te van mal, que te constriñen, que te amilanan. El temor y el espíritu de derrota no le van al Hijo del Rey. El Señor te ilumina aquí y ahora, y siempre. No temas. Sólo déjate guiar por él. Hacia el sitio alto que él te tiene preparado. Hacia la realización de tu plenitud.

Aprende y date cuenta por fin que la derrota o el triunfo, antes que se manifiesten hacia el exterior, han surgido de tu mente, y han echado raíces primero en tu corazón. ¿Qué es lo que vas a permitir que fructifique ahí? ¿La oscuridad o la luz? ¿El valor o la cobardía? ¿La esperanza o el desánimo?

Es la lección que has de ir aprendiendo y aplicando día a día. Y, no hay vuelta de hoja. Día a día es una página en blanco que hemos de llenar con frases de victoria o de derrota... de triunfo o desolación. ¿Qué decides, mi Pequeño Gran Hombre?...

Elvira G.

® Derechos Reservados.

domingo, 27 de marzo de 2011

La Talega...

-¿De dónde llegas, cansado peregrino, encorvado el cuerpo, y con profundos surcos de pesares y desilusiones marcados en tu frente? ¿Qué guardas o escondes tan celosamente en esa pesada talega sobre tu espalda?

-No escondo ni guardo en secreto nada que no sean las experiencias y lecciones recopiladas a lo largo del camino…

-Y ¿por qué no vaciar ya un poco tu talega? ¿Por qué no aligerar tu carga? ¡Déjame ver qué llevas ahí!

-Si insistes, la abriré: mira, primero salen por aquí algunas decepciones y tristezas. Lágrimas derramadas en algún recodo del sendero. Rencores. Resentimientos. Recuerdos grises de cuando inicié mi marcha. También surgen remordimientos, sentimientos de culpa. No logro dejarlos ir…

-¡Suéltalos de una vez por todas! ¿No te das cuenta que mientras los sigues cargando, la persona a quien crees haber agredido, quizás ya ni siquiera te recuerda? ¿Con qué objeto te sigues auto flagelando? ¡Suelta y deja ir! El perdón comienza por ti mismo. El mundo entero podrá perdonarte pero, si tú no lo aceptas, ¿de qué ha de servirte?

-¡Anda, sigue vaciando tu talega!

-Mira, aquí llevo algunos triunfos… aunque también comienzan a salir unos cuantos fracasos, unas buenas caídas de las que he logrado levantarme. Y ahora, ¡aquí van para fuera mis inseguridades! Si he de sacar todo de mi talega, ya no las necesito dentro. ¡Quiero deshacerme de ellas!

Ah!, pero también traigo algunas alegrías, no todo es oscuro ni huele a rancio dentro de mi talega… Aquí están igualmente mis ratos de luz. Aquellos momentos cuando me he sentido fuerte e invencible, porque he logrado vislumbrarle a Él, mi Padre. Cuando siento su Presencia, nada puede detenerme ni derribarme. Sólo que no me aferro lo suficiente a Él. Pronto lo suelto y vuelvo a caer. Y entonces me siento frágil y pequeño…

-Déjame ver ¿qué más hay ahí?

-Aquí los tienes, mis amores y desamores. Todos me han enriquecido de una u otra manera. Los he gozado, aunque también los he sufrido. Mis amores han sido muy míos. Si no han permanecido, es porque quizás ya cumplieron su misión en esta travesía del camino para mí. Saco y dejo aquí los recuerdos dolorosos…

Guardaré conmigo las luces y los soles que me dejaron en la memoria. Mira, traigo risas, cantos, gaviotas, golondrinas, amaneceres, atardeceres... Traigo el incesante murmullo de las olas y el viento suave de la montaña. Traigo la brisa del verano y el alegre revolotear de las hojas en otoño… Mi talega se va vaciando.

-Y tu rostro y tu figura se transforman. Te has vuelto erguido. Tu rostro irradia luz y serenidad. ¿Ves cuán importante es soltar y dejar ir tanto pasado, tanta muerte que cargabas a cuestas?

-Había luces y sombras, noches y días en mi talega…

-Pero ahora puedes elegir: no más oscuridad, no más dolor. No más temores. No más angustias. Sácalos, déjalos fuera de casa, de tu talega. Recházalos. Ya no te corresponden. Ya no los aceptas ni los reconoces como tuyos. Ahora has aligerado tu peso. Vas de regreso a Casa del Padre.

Cuando llegues ahí tu talega será liviana. Etérea. Te permitirá remontar obstáculos. Andarás sin cansancio. Casi volarás, sin darte cuenta. Serás serenidad, sabiduría, entendimiento.

Marcharás erguido y ligero, con alas en el alma. Serás sandalia dejando huella a quien viene detrás. Serás libre. Serás amor. Serás en la Luz del Padre. Serás parte del Eterno

Elvira G.

® Derechos Reservados.

miércoles, 23 de junio de 2010

La Danza de las Ilusiones...

La Danza de las IlusionesEntrelazadas, inseparables, tejiendo con sus movimientos una enmarañada tela, las ilusiones danzan alocadamente, siguiendo el ritmo que les marca la Vida para lograr el espectáculo de la realidad.

Danzan y danzan, hermanadas las unas a las otras. De pronto, una de ellas sale del círculo y dice:

--Esperen, esperen, estoy un poco cansada, la Ilusión de la Alegría tiene también sus limitaciones. Cuando los hombres reciben lo que ellos llaman una buena noticia, súbitamente se revisten de mí y me hacen danzar hasta el cansancio. Como yo también soy muy humana, me desvanezco pronto para dejar lugar a mi hermana la Ilusión de la Tristeza, porque a una buena noticia no necesariamente suceden hechos agradables.

--Es cierto –comenta a Ilusión de la Tristeza-, saliendo a su vez del círculo. El hombre me hace cantar entonces con mi lira las tonadas más melancólicas y tristes, hasta que llega la Ilusión de la Tranquilidad, por una ventana, a ocupar mi lugar. Envuelve al hombre y le hace sentirse en paz por unos momentos pero, al fin hermana nuestra, la Tranquilidad es también muy inestable, sigue su danza y pronto lo abandona; él se aferra entonces a cualquier otra ilusión que asome por su casa. Tal vez sea la Ilusión del Fastidio, la Ilusión del Desengaño o una nueva Ilusión de Euforia.

Nosotras, las ilusiones, somos tantas y tan sutiles, que en ocasiones apenas se nos puede ver, pero todas nos unimos para engañar al hombre. El no se da cuenta y se deja caer en nuestros brazos, nosotras podemos hacerlo trizas si queremos. Jugamos con él como con un bebé. Venimos todas de su mente de deseos. Las ilusiones no somos más que deseo de realidad. Como el hombre no conoce verdaderamente la realidad, las ilusiones seguimos nuestra danza cotidiana, la cual no cesará sino hasta que él se dé cuenta de lo real verdadero, y aminore nuestro ritmo. Cuando el hombre haya tomado las riendas de su conciencia, dejará de ser arrastrado por nosotras.

--¿Crees que eso sea posible?- pregunta de pronto un hombre que había estado observando la danza de las ilusiones.

--Sí –contesta la Ilusión de la Tristeza-, nosotras no vivimos más que en tanto el hombre permanece adormecido y ciego.

--¿Es acaso, entonces, que la existencia de ustedes es vana? –pregunta una vez más el espectador.

--No vana, precisamente –responde la ilusión. Somos necesarias al igual que todo es necesario en la existencia. Somos el paso que hay que trasponer para llegar a un peldaño más alto. Mira, si tú no te hubieras dado cuenta de que existimos, y de nuestra interminable danza, no hubieses podido llegar a la conclusión de que hay otra realidad. El hombre tiene un cuerpo mental de deseo –el Kama Manas de los hindúes-, pero también tiene otro cuerpo mental, el mental desprendido de deseo, el Manas, dentro del cual el hombre sabio debe orientar su búsqueda. Ahí hallará otra ronda de ilusiones o deseos tales como el buscar la verdad o el bien de la humanidad.

En la ronda inferior de nuestra danza, no encontrará más que las ilusiones propias a los deseos de algo que es efímero y pasajero. Nosotras, encerrándole en nuestro círculo, le damos la ilusión global de una “realidad” que no puede ser tal, puesto que es movible y pasajera. El hombre debiera entonces librarse de este círculo de ilusiones para que pueda vislumbrar otras danzas en otras esferas más elevadas…

Cae entonces un largo y profundo silencio.

--Y ahora –se pregunta finalmente el espectador-, ¿cómo saber si no he sido atrapado, a mi vez, por la más terrible de las ilusiones: la Ilusión de la Soberbia… la ilusión de haberlo comprendido todo?

Elvira G.

® Derechos Reservados.

lunes, 24 de mayo de 2010

La casa rentada

La casa rentadaTal vez llegó el momento: entregar la casa rentada. Los muros ya están viejos y deteriorados. Llenos de sarro y moho. Limpiarlos resulta difícil.

¡Pero nos hemos acostumbrado tanto a estar aquí! A pesar de ciertas incomodidades. A pesar de las visitas o situaciones desagradables que vivimos en ella. No siempre hubo luz entre sus muros. Por momentos reinó la oscuridad y también se coló el frío por las ventanas abiertas. Pero era nuestra casa y había qué estar en ella.

Hoy los muros comienzan a resquebrajarse. No encontramos ya la manera de fortificarlos. Aunque insistimos y nos resistimos a abandonarla. O quizás son nuestros familiares quienes nos invitan a hacerlo aún, a prolongar nuestra estancia dentro de ella. Tratan de ayudarnos a tapar una grieta, resanar un muro, o reparar aquella desvencijada puerta que se está cayendo, vencida por el tiempo.

Se nos olvida que la casa es rentada tan sólo por un tiempo. No es nuestra. No nos pertenece ni nosotros pertenecemos a ella. No vale la pena empecinarnos en permanecer dentro de esos espacios. Ya no hay otra salida. Se nos acabó el contrato. Olvidamos que éste era tan sólo un trato temporal.

No recordamos que nuestro contrato indefinido es el que viene ahora: el de nuestro verdadero y eterno hogar, el espiritual. En este momento, quizás, tan sólo nos toca abandonar esa casa rentada: la morada temporal de nuestro efímero cuerpo físico

Intuimos que llegó ese momento. Sin embargo, sólo el propietario de los bienes inmuebles tiene la última palabra. Sólo Él…

Elvira G.

® Derechos Reservados.

martes, 30 de marzo de 2010

Los valores nuevos

Los valores nuevosPor la puerta entreabierta, desde el otro lado de la habitación, se escuchaba la voz de la madre de Rodrigo diciendo al teléfono: me preocupa este muchacho, se la pasa leyendo todo el día. ¡No entiendo ese vicio por leer… a sus 22 años! Casi no habla con nadie, sus únicas salidas son a la universidad…

Sin dar mayor importancia a esos comentarios, Rodrigo, como siempre, deambulaba por la casa meditabundo, solitario, viviendo sus sueños callados. Recordaba con frecuencia algo que había leído hacía algún tiempo: “Es curioso notar que quien más habla es quien menos tiene qué decir…”

Días antes, Nietzche le había revelado también: “El mundo no gira alrededor de los inventores de estruendos nuevos, sino alrededor de los inventores de valores nuevos: gira sin ruido…”

Cierto -reflexionaba Rodrigo- de qué sirve gritar, si gritar es cosa de locos. Grita aquél quien, en medio del terrible pánico a la soledad y al enfrentamiento de sí mismo, siente que se hunde y se pierde, desfallece y sucumbe en una marejada de confusiones.

Grita el que no ha encontrado la fuente verdadera de su fuerza en el interior de sí mismo. Grita el que quiere dejar constancia de su paso en esta Tierra. Grita el que busca dejar huella, bordando sin saberlo, tan sólo cenizas en el viento.

Aquél que ya ha encontrado su camino y lucha por seguir en él, se guarda muy bien de no gritar. Calla porque el callar es su reconocimiento de la humana individualidad. Ya no necesita gritar para que los demás vengan a darle fuerza. Calla y comprende que cada quien ha de ir tirando de su carreta, de su propia historia, sin mayores aspavientos.

Calla al comprender la futilidad de todo ese griterío. Calla porque ha superado el sentido de posesión de las cosas, y hasta de su mismo cuerpo en el que habita y con el que se representa mientras vive esta supuesta realidad.

Ese hombre calla porque ha encontrado un infinito caudal de sabiduría: se ha encontrado consigo mismo comunicándose con su propio yo. Entonces el tiempo transcurre sin sentir y el pensamiento llega a tal profundidad, que el espíritu se regocija y ya no necesita salir de casa para estar en paz, dentro de ella se tiene todo…

Así meditaba Rodrigo, deseando poder decir a quienes deliberaban acerca de su inexplicable encierro, que le dejaran ser. Que si para ser felices algunos necesitan del barullo y la algarabía, otros logran serlo en el silencio, inventando su universo sin estridencias… girando sin ruido… con valores nuevos.

Elvira G.

® Derechos Reservados.

domingo, 14 de febrero de 2010

El Payaso Preso

En la densa dimensión que habita, el ser humano se vuelve, a veces, como un payaso preso. Un payaso condenado a reír y agradar en una sociedad que no le deja moverse libremente.

El Payaso PresoEl payaso de la angustia existencial, preso de la ficticia seriedad de la vida, de los convencionalismos sociales y del miedo a expresarse. El payaso preso del reloj, que se impacienta y se irrita tratando de llegar a tiempo a su destino. El payaso que debe sonreír siempre, aunque por dentro una rabia sorda lo consuma.

El payaso que tiene que inhibir sus impulsos cuando quisiera reclamar a gritos sus derechos… Y, silencioso, deambula así por la vida.

Ojalá pudiéramos ayudarle a romper sus ataduras, a salir de esa prisión de ceguera que lo aturde y enajena. Ojalá pudiéramos ayudarle a descubrir su propia expresión, y a quitarse esa falsa careta sonriente que tiene que ponerse día tras día… ¡ese pobre payaso de las mil máscaras y de la libertad mutilada!

¿Cómo decirte, hombre que ríes con desgano y a la fuerza, que esos zapatos no te quedan, que ese ritmo y ese paso no son los tuyos, que te has sumado a la masa, que has seguido a la manada sin poder escapar ya de ella?

Hombre, payaso preso, preso de tantas circunstancias… ¿Cómo hacerte un canto?... Un canto a la libertad…

Hombre, tú mismo has echado candado por fuera a la cárcel que te encierra, y tú mismo has multiplicado los barrotes de tu celda, hombre que no muestras la cara de frente y sin afeites. Payaso que has caído en la trampa al pensar que tienes que ser igual a todos.

Hombre mutilado, sacrificado, enceguecido. Pobre payaso, qué tristeza y qué angustia al mirarte porque esas sonrisas no brotan espontáneas, y esas miradas complacientes esconden un rechazo interior por lo que te rodea.

Para ti, pobre payaso preso, debería crearse una nueva música, una nueva palabra, un nuevo poema que viniera a recordarte la primordial libertad con que naciste y que hace mucho has olvidado.

¡Pobre payaso preso! ¡Cómo lograr que rompas los barrotes de tu celda y te conviertas, por fin, en el hombre libre más bello y verdadero!

Elvira G.

® Derechos Reservados.

viernes, 22 de enero de 2010

La Gruta

El día amaneció límpido, con un sol tibio que envolvía a los seres en suave calor. Sin embargo, inesperadamente, el cielo comenzó a obscurecerse. El horizonte se tornó gris, presagiando la tormenta.

Encontrándose entonces en medio del bosque, Makarios corrió a refugiarse en la gruta que él conocía tan bien.

Mientras la lluvia torrencial horadaba los caminos allá en el exterior, el solitario vagabundo descubrió ante sus pies -tirada como al descuido-, una gastada hoja de papel.

El silencio y la calma circundante despertaron su curiosidad. Desplegando lentamente el empolvado papel, maravillado y sorprendido, Makarios comenzó a leer:

“En el momento más aciago de la tormenta, hay que buscar de nuevo el refugio interior. Saber callar. Saber observar y ver más allá del momento presente. Saber encontrar la calma en medio del torbellino.

Pensar largamente. Auscultar el viento. Hurgar en el futuro y tener el alma dispuesta a la aventura. Hoy terminarán las tribulaciones presentes, mañana será otro día.

No intentar detenerse en el camino aunque nos haya gustado algún paraje. El hombre sabio camina lento mirando todo atentamente, tratando de guardarlo en la memoria, para no tener más tarde que volver la vista atrás.

El hombre sabio aprecia lo que tiene, en el momento preciso, y no se lamenta de lo perdido, ni suspira por lo futuro. El hombre sabio agradece el pasado, está satisfecho de su presente y espera con tranquilidad el porvenir.

El hombre sabio recorre su camino bien dispuesto, sin culpar a nadie de sus posibles infortunios.

El hombre sabio ha aprendido que todos sus males o bienes no dependen más que de él mismo. De cómo él enfrente a su vida. Que nada ni nadie podrá hacerle daño, si él ha pertrechado cuidadosamente la entrada de su templo interior.

El hombre sabio no tiene necesidad de ir en busca de la fuente del conocimiento, porque ésta, está ahí en todo lo que le rodea, y sólo necesita interrogarse y contestarse a sí mismo en momentos de quietud y reflexión…

El hombre sabio no habla, ¡vive!...”

Cuando el extrañado y solitario vagabundo llegó al final de esas líneas, levantó la vista y, mirando hacia el exterior, advirtió que la tormenta había cesado.

Elvira G.

® Derechos Reservados.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Esferas Frágiles



En medio de tanta infelicidad, de tanta angustia circundante, volvemos a replegarnos sobre nosotros mismos para preguntarnos: ¿por qué habrá tanta ceguera en el mundo? ¿Por qué tanta energía mal canalizada? ¿Por qué tanto derroche de fuerzas que en lugar de elevarse se van pendiente abajo? El hombre sería feliz si aprendiera a no depender tanto de lo externo y se centrase, por el contrario, en sus propias fuerzas. Da pena constatarlo y mayor tristeza aún cuando nos damos cuenta de que no podemos hacer nada por remediarlo. ¿Cómo tender la mano a aquellos a quienes tal vez podríamos ayudar? ¿Por qué a veces algo nos impide ser sinceros y espontáneos? Ante la amenaza de una vida que desea apagarse para siempre, nos quedamos inertes, callados, apáticos, ajenos. ¿Por qué no podemos acercarnos a aquellos que nos interesan? ¿Es acaso ese mismo interés que nos vuelve temerosos? ¿Cómo ayudar a esa persona en especial a ganar un poquito de luz?

Hoy se ha esfumado una quimera…

Navidad, felicidad, tranquilidad, son sólo palabras que se nos quedan huecas, vacías, sin sentido si no las vivimos. Yo no sé qué tanto puedo llevar en mi alforja, pero tal vez podría compartirlo con mi vecino. ¡Si tan sólo él me lo pidiese! Pero el hombre anda tan preocupado consiguiendo dinero, vanos placeres, aturdimientos pasajeros que una vez esfumados vienen a dejarle una terrible sensación de vacío. Estamos aún en la obscura cueva, debatiéndonos entre los múltiples barullos de la existencia. Los más sensibles son los que más se angustian. Lo que más adquieren conciencia de su insapiencia, de sus tinieblas.

¿A dónde vas? ¿Qué camino llevas?

Es difícil llegar al hombre que zozobra en la inquietud y la congoja. A ese hombre que se aferra a cualquier asidero creyendo que eso le podrá salvar de la tragedia. Habría que comenzar desde el principio, y el camino se vuelve entonces tan largo y tan pesado…

Hoy se ha roto una esfera…

Afuera es Navidad. Hay letreros que hablan de felicidad por doquier y dentro de los corazones de los hombres la luz pareciera carente por completo. El hombre tiene miedo. Un miedo terrible por la muerte, y sin embargo se está entregando irremisiblemente a ella, como un hombre consumido por el deseo se entrega a la amante cualquiera buscando pasar el momento. No es adentrándose en las habitaciones más obscuras de la casa que el hombre va a encontrar la luz… y sin embargo lo hace porque es más fácil caer que levantarse. La estatura del hombre se mide no por las veces que se deja llevar por sus instintos, gritando e insultando y atemorizando a los demás… la estatura del hombre se mide por la frecuencia con que puede vislumbrar los alcances de sus actos… Siendo semilla de luz, el hombre se convierte en bocanadas de tristeza.

Hoy se ha revelado una estrella…

Sin embargo, estuvo conmigo anoche. Era una voz extraña. Era quizás un ángel. Me dejó un mensaje. Me dijo que la palabra siempre fecunda en terreno fértil. Que la verdad llega siempre a quienes quieren encontrarla. Que ningún hombre ha nacido ni sordo ni ciego, y que sólo adquieren esa tara los hombres que eligen sumergirse en las tinieblas. Me dijo que había que convertirse en rayo de luz. Ningún hombre se hunde porque Dios lo quiera así. Son ellos mismos quienes eligen su camino, y su caída o elevación. ¿Por qué te atormentas, alma en tinieblas? –me dijo la voz- ¿no has comprendido aún que cada ser es un Dios en potencia? Preocúpate de ti mismo. Si alguien se acerca por tu camino a pedir ayuda, tiéndele la mano. Pero no vayas por el mundo lamentándote por aquellos que han querido perderse a sabiendas de lo que están haciendo. Si esos hombres tienen, aunque sea de vez en cuando, destellos de luz, lo único que te queda es desearles que fortifiquen su fe y sus fuerzas. Nadie más que el hombre mismo para elevarse o desplomarse.

Hoy, ¡por fin!, se ha encendido una estrella…


Elvira G.

® Derechos Reservados.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Pensante Caminante


Era apenas medio día y el sol estaba justo en lo alto, sin embargo, Pensante Caminante, cansado ya de tanto andar, se sentó a la vera del camino sin ningún deseo de proseguir. Hacía mucho tiempo que iniciara esa marcha, al principio por imitar a los demás, dejándose tan sólo guiar por quienes iban adelante. De pronto cobró conciencia de ese caminar, aparentemente sin sentido, y comenzó a preguntarse: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? ¿quién nos ha puesto aquí? ¿quién ordena que marchemos?

Había recorrido ya varias leguas y preguntado por doquier, pero nadie daba respuesta a sus preguntas. Parecía que la gente de los pueblos por donde había pasado, no se preocupaba por esos interrogantes. Algunos se detenían en un sitio, otros continuaban sin inquietarse, aceptando tranquilamente lo que el día les deparara. No obstante, Pensante Caminante no dejaba de cuestionarse y, al no encontrar respuesta, deseaba mejor dormir. De pronto, las alegres voces de unos peregrinos que acertaban a pasar por ahí, le sacaron de su ensimismamiento.

--¡Hey, amigo! -le dijo alguien-, ¡levántate!, ¿qué haces ahí? Ven, únete a nosotros. Pronto llegaremos a una gran feria.

Nuestro personaje levantó la vista y se encontró con la mirada de un hombre joven y fuerte, quien le sonreía amablemente.

--¿A dónde van? -preguntó Pensante Caminante.

--¿Para qué hacer preguntas? -respondió el aludido-, estamos de paso y no debemos detenernos. Yo espero llegar al próximo pueblo en donde me aguarda una mujer que me dará hijos y cuidará de mi casa.

--¿Y eso es todo? -volvió a preguntar Pensante Caminante.

--¿Qué más puede pedir el hombre cuando se va haciendo tarde y no tiene aún un hogar al cual llegar? -contestó el interrogado, continuando su camino.

A Pensante Caminante no le hicieron mucha gracia estos razonamientos y se dispuso de nuevo a dormir. No bien había cerrado los ojos cuando un hombre, de gesto adusto y fría mirada, lo despertó con un leve toque de su bastón.

--¿Qué haces ahí? -dijo el recién llegado.

--Descanso un poco -respondió Pensante Caminante.

--¿Descansar cuando aún hay tanto por andar? -recalcó el hombre de gesto adusto.

--Sí, señor -contestó nuestro personaje-, si no sabemos a dónde hay que llegar…

--¿Que no lo sabemos? -repuso el aludido-, ¡yo debo apresurarme, voy a un pueblo en donde seré elegido dirigente!

--¿Dirigente? -preguntó, tímido, Pensante Caminante.

--Sí, dirigente de un partido político, gracias al cual seré aclamado y respetado, casi temido si me lo propongo. ¡Seré alguien! -terminó con voz tajante el desconocido- y, sin esperar respuesta, siguió su camino con paso rápido y firme.

¿Dirigente? -se decía Pensante Caminante. ¿Cómo es posible que alguien que sólo busca el poder y el aplauso, pueda dirigir a los demás?

Después de cavilar un rato, volvió a quedarse dormido, hasta que un suave canto le despertó.

--¿Qué haces ahí tan desanimado a la orilla del camino? -le dijo el recién llegado.

--Observo -contestó Pensante Caminante.

--¿Y qué observas? –inquirió nuevamente el extraño.

--Que la gente camina sin saber a dónde va –contestó de nuevo nuestro personaje.

--¿Y qué se puede hacer? –repuso el recién llegado. Yo -dijo-, soy cantante, algo poeta y humorista. Trato de adornar la realidad para que los demás olviden sus penas. Tal vez llegue a ser un cantante famoso y la gente quiera conocerme y tener mi autógrafo en un trozo de papel. Recibiré muchos aplausos y mi nombre irá de boca en boca. ¡Ah, es tan consolador que los demás piensen en uno! –y diciendo esto, se puso a tararear una alegre canción. ¿Sabes? -dijo de nuevo-, ahora que me vaya no seré ya un desconocido para ti, el recuerdo de mi voz y mi canción habrán quedado en tu memoria.

--¿Y después? -preguntó de nuevo Pensante Caminante.

--Después -contestó el aludido-, el tiempo lo dirá.

Y se fue alejando por el camino, mientras gritaba a Pensante Caminante:

--¡Anda, no te quedes ahí, el día es joven y aún hay muchas cosas por hacer!

Pensante Caminante se quedó reflexionando unos momentos. Después de todo –se dijo-, el poeta es el más humano de todos ellos. El primero no busca más que el placer y el bienestar material, y se afana para lograrlo; el segundo quiere tan sólo honores y gloria que habrán de pasar; este último al menos busca alegrar los corazones adornando la realidad, aunque él mismo reconozca que eso será pasajero. Pero nadie parece inquietarse en saber por qué estamos aquí. Si nadie me da la repuesta, prefiero dormir. Pensando esto, se quedó otra vez tranquilo. Sin embargo una voz interior le urgía a seguir adelante, a pesar de todo. ¿Para qué? –se repetía nuestro personaje cuando de pronto una voz cascada vino a sacarle de sus pensamientos.

--Hijo, ¿qué haces aquí?

--Estoy cansado –respondió Pensante Caminante. Hace un buen rato que camino sin saber ni de dónde vengo ni hacia dónde voy. ¿Sabrías tú decírmelo?

--Sí, -contestó el interrogado. Has salido entre sueños de la Casa de tu Padre, y ahora necesitas continuar tu camino hasta volver a encontrarlo.

--¿De la Casa de mi Padre?

--Sí, -contestó el recién llegado- todos somos hijos de un mismo padre, quien ha permitido que salgamos de su casa, y nos ha puesto en este camino para probar nuestra fidelidad a su estirpe. Hay quienes, una vez que llegan aquí, se olvidan de su procedencia. Hay otros que a medida que marchan por el camino, se maravillan con todo lo que encuentran a su paso y quieren quedarse en ese lugar. Pero hay gente como tú, que se inquieta y se pregunta y que, tarde o temprano, buscando de corazón, hallará la respuesta.

--He pasado ya por tantos pueblos que estoy realmente cansado –comentó el joven- pero dime: ¿hacia dónde hay qué caminar para llegar a la Casa del Padre?

--Es una senda que no se recorre físicamente, no es cuestión ni de lugar ni de espacio, es un camino que se encuentra en el interior de nosotros mismos –respondió nuevamente el viejo.

--De nuevo no comprendo –replicó Pensante Caminante. Primero dices que hay que continuar el camino, y luego agregas que no son nuestros pasos sobre la Tierra los que han de llevarnos a nuestro fin, ¿entonces?

--Bueno, eso es un poco complejo –replicó el viejo-, digamos que los pasos que nos conducirán a nuestro padre, son vivencias y aprendizajes hacia nuestro interior, que se van dando mientras desgastamos el cayado que nos apoya y sostiene. El tuyo es aún muy fuerte, has recorrido apenas el inicio de la jornada, y te servirá todavía un largo tramo.

--¿Mi cayado? –preguntó sorprendido Pensante Caminante.

El cayado del cuerpo físico que nos ha dado el Padre para recorrer el camino -respondió el viejo. Por lo general debemos desgastarlo para retornar a él. Hay peregrinos que son llamados repentinamente a casa del Padre cuando su cayado aún está en muy buen estado, eso no se puede evitar ni se debe discutir. ¡Pero cuidado con quien portando aún un excelente cayado, quiera ya detenerse! ¿Con qué cara contestará al Padre cuando éste le pregunte lo que aprendió en el camino? Así que no pierdas tiempo, ya te llegará el momento de descansar. Además, puedo asegurarte que entre más hayamos andado el camino, enriquecidos por lo aprendido durante la jornada, sentiremos aligerarse nuestro paso de tan sólo presentir que vamos al reencuentro con el Padre…

Entusiasmado con la respuesta del viejo -su nuevo guía y amigo-, Pensante Caminante se dispuso, al fin, a continuar su camino. Algo muy profundo decía a su corazón que, si bien su cayado aún era fuerte, ese largo e intrincado peregrinar estaba a punto de concluir.

Apresurando el paso, forastero en la Tierra, Pensante Caminante volvía por fin a sus orígenes, a su heredad, a su verdadera morada… ¡a la Casa del Padre!


Elvira G.

® Derechos Reservados.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Abuelo




Viendo a la joven aquella tan desolada, el viejo se sentó esa noche tranquilamente a su lado, y le dijo:

“Es sólo venciendo sus miedos, que el hombre se hace grande, fuerte, casi invencible. ¿Qué mayor belleza que aquella, la del semblante tranquilo a quien nadie ni nada perturba? A quien los comentarios positivos o negativos dejan impasible. A quien lo mismo dan las injurias que las alabanzas. El rostro de quien ha aprendido a distinguir lo falso de lo verdadero y procura en lo posible estar atento a su voz interior, refugiándose cada noche dentro de su ser… El rostro de aquel que cierra las puertas de su casa y trata de hacer un recuento de todo lo pasado durante el día… ese rostro no puede sino ser bello y sereno.

Un alma con esa quietud es capaz de descubrir poco a poco la luz, en respuestas que llegan a confirmarle lo absurdo de sus miedos. El miedo de enfermar, de envejecer, de no lograr esto o aquello.

¿Sabes? –continuó el viejo-, he aquí la gran tragedia del hombre: la de sentirse inseguro, la de querer la posesión de algo para saberse protegido y dar, así, una razón de ser a su existencia. Hay quienes desean formar un hogar y tener hijos. A otros eso no les basta. Ansían posesiones y riquezas, mando y poderío. Al verse aclamados sienten crecer su grandeza… ¡Una pobre grandeza fundada tan sólo en lo ilusorio!

Todos ellos se engañan, porque el querer algo y no poder lograrlo les hace vivir angustiados e insatisfechos, deseando, la mayoría de las veces, cosas efímeras y vanas que tarde o temprano se terminan.

Por el contrario, el hombre debiera enfrentarse a la idea de la muerte. Retarla en cierta forma. Hacer caso omiso de lo que ella habrá de llevarse algún día y cultivar lo que la desaparición de su cuerpo físico no destruye. Eso que podríamos llamar su mundo espiritual, comenzando por desapegarse de lo tan sólo material.

Asimismo, el hombre debiera canalizar sus emociones y energías. Permanecer indiferente a todo lo que le sea ajeno, e ir adentrándose en su ser, forjando su propia senda al emprender ese largo pero tan meritorio camino, que es el de la conquista de sí mismo.

Habiendo aprendido a ver un poco más allá de toda esa aparente “realidad”, habiendo reconocido la verdad tan simple y eterna de su peregrinaje en esta Tierra, ¿crees acaso que habría lugar en el corazón del hombre para ambiciones, envidias o angustias?

No quiero cansarte más por ahora –dijo aún el viejo-, sabes en dónde puedes encontrarme cada vez que te sientas sola. El camino a mi casa requiere de calma y quietud, pero la noche y el silencio son buenos consejeros…”

Elvira G.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Sueño Colectivo



Nacemos y nos dicen: ¡duerme!
Pero en cada mirada esperan
los dioses un despertar...

En aquella interminable ronda de sueños de veinticuatro horas, de todos los días, en medio de aquel terrible sopor colectivo, ella de pronto se sobresaltó e incorporándose sobre su cama se dijo: ¿y si el mundo estuviese iluminado y yo despierta? Eso me haría constatar la importancia de estar viva día tras día; lo imprescindible de sentir y ser consciente de que cada nuevo despertar llega pleno de posibilidades, que todas están ahí, latentes, y que cada mañana es como un campo virgen que se nos presenta para sembrarlo de cosas bellas.

Pero el trajín diario y el compartir ese sueño colectivo cada vez más profundo, nos hacen olvidarlo todo. El roce con la gente y con todo aquello que me cansa, viene a matar esa chispita de sensibilidad que comenzaba a iluminarme. Entonces caigo, doy de tumbos y me hago desconfiada y rencorosa, y el odio y la miseria interna comienzan a carcomerme el corazón.

Es en ese momento cuando hay que despertar y recordar que nosotros somos también promesas de Luz; que el mundo está iluminado y si llevamos la mirada presta, siempre pronta a recibir lo que venga de fuera, la vida, entonces, cobrará un renovado interés. Valorar a las personas por lo que son en sí mismas y no por lo que nos den. Reconocer en una persona su heroísmo y sus esfuerzos continuados. Verla cuando está frente a nosotros no como una máscara que oculta algo, sino como un bello enigma a descifrar, algo maravilloso y mágico que se oculta tras la vestimenta efímera del cuerpo físico. Adivinar en ella la belleza que forma parte de esa Gran Alma Universal.

Si así lo hiciera… ¡si lograra no caer en el profundo sueño cotidiano y colectivo! Si lo comprendiera a cada instante y a cada momento, ¡cómo cambiaría mi concepción de la vida! El día, ese devenir intrascendente de horas y minutos, se convertiría en una jornada plena de vivencias y enseñanzas. Aprendería a observar y a observarme a mí misma.

Cuántas veces he matado con la palabra y cuántas otras con el silencio. Cuántas más pasé indiferente ante el dolor humano. No sabía cómo remediarlo y esa era mi excusa para rehuirlo. ¿Por qué no prepararme entonces por mí y por los demás?

Se nos escapa la vida, dándonos disculpas a nosotros mismos, y los días y los años se escurren como el agua, y vamos caminando como quien no persigue un fin ni un objetivo, y perdemos tiempo y energía. Para evolucionar es necesario trazarse una meta; que ésta sea ascendente y que vaya hacia delante. El hombre observador y que desea encontrar la verdad, tarde o temprano se da cuenta de lo vana que resulta la vida de todos los días. Buscará algo que trascienda, que sea permanente, tratará de encontrar una respuesta coherente a los enigmas del ser, de la civilización, de la cultura. Finalmente descifrará la incógnita del por qué, del cuándo, del cómo y del dónde.

Las bibliotecas están llenas de libros que guardan grandes secretos y verdades. Todos esperan ahí, pacientes, a que despierte mi curiosidad; todo está al alcance de mis manos para evolucionar y ver claro, o quedarme ciega, dormida… y morir.

“El mundo iluminado y yo despierta”… la frase se repetía, se repetía incesante, como un goteo, como un apacible mantra… De pronto alguien tocó a su puerta: ¡eh, Esperanza, despierta! ¡Al trabajo, a hacer algo, ya no son horas de soñar! ¡Despierta!

Entonces, Esperanza, la de los sueños, saltando de la cama se dijo determinante: ¡no volveré a ser Tristana, la de mi supuesta “realidad” cotidiana! Este sueño tan vívido, ha permitido que la luz de mi conciencia se filtre en mi interior y devele mi verdadera esencia. ¡Soy Luz, estoy despierta! A partir de hoy comenzaré a fluir con las señales y sincronicidades.

Nunca más las dificultades me parecerán tropiezos… ¡se convertirán en sabias maestras que me ayudarán a desplegar mis alas! He comprendido al fin que en lo ordinario se esconde lo extraordinario si soy capaz de ver con los ojos del corazón. Este sueño ha sido una revelación para mostrarme que, si yo lo decido, ¡el mundo siempre estará iluminado y yo despierta!... Sí, despierta para procurar ahora el despertar de quienes aún viven ese sueño colectivo de las veinticuatro horas… de todos los días!



Elvira G.