
Cierras los ojos. La luz es tal, que te ciega. De pronto, esa enorme esfera refulgente estalla, bañándote con una y mil gotas luminosas. Abres los ojos. Abres las manos y te inspira el limpiar tu rostro con ellas. Inicias por los ojos, tu visión se torna súbitamente clara y puedes verlo todo, de pronto, más nítido y transparente… Sigues con tus oídos. Después de purificarlos, los sonidos parecen llegarte más puros y armónicos.
Después pasas esas gotas de luz por tus labios, y las palabras comienzan a fluir entonces con una inesperada y suave calidez... no ya para formar juicios, sino ahora para alentar y reconfortar. Recorres tu cuerpo entero, extendiendo con las yemas de los dedos esas mágicas gotas de luz.
Cierras nuevamente los ojos y comienzas a “ver” con el tacto. Estás en un nuevo espacio en donde todo es terso y placentero. Tu olfato se agudiza ante el extraño, pero exquisito aroma de esta lluvia. Te sientes inmerso en un peculiar sitio de paz y silencio.
Eso te lleva a disfrutar este nuevo amanecer. Te sumerges entonces en esa agua de lluvia bendita y luminosa. Flotas y afloras de nuevo a la superficie. La lluvia ha dado paso a un insospechado entorno de luz, en el que te mueves sin mayor dilema. Estás en la Luz… ¡Eres Luz!
Te veo y danzamos juntos, nos hermanamos, nos identificamos. Formamos parte de ella. Es nuestra nueva realidad. A partir de ahora es lo único que existe: abundancia, paz, amor, concordia... Es nuestro nuevo día, nuestra nueva dimensión, nuestra nueva humanidad. ¡Despierta, no duermes... comienzas a vivir ya en esa tu nueva y particular esfera luminosa!
Elvira G.
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