martes, 24 de marzo de 2015

El lanzador de estrellas

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Había un hombre sabio que vivía a la orilla del mar en un pueblo muy pequeño. Todas las mañanas acostumbraba caminar por la playa agradeciendo la presencia del sol, del viento, la lluvia, etc.

Cierto día, durante su caminata matutina vio que la orilla de la playa estaba llena de estrellas de mar. Las había rojas, rosadas, anaranjadas y violetas… Corrió hasta ellas y con enorme tristeza vio que había kilómetros y kilómetros de arena cubiertos por bellas y frágiles estrellas de mar. De los ojos del sabio cayeron lágrimas porque sabía que las estrellas de mar viven sólo cinco minutos fuera del agua.

Con cuidado de no pisarlas, comenzó a caminar por la playa, con el corazón afligido. Avanzaba lentamente pensando en la fugacidad de la vida, en cómo a veces equivocamos nuestras prioridades, cómo es que perdemos nuestro tiempo en cosas sin trascendencia…

Entonces descubrió a lo lejos la figura de un chico que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.

Tan pronto como se aproximó, se dio cuenta de que lo que el chico cogía eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al agua.

Intrigado, se acercó y le preguntó sobre lo que estaba haciendo, a lo cual el chico respondió:
- Estoy lanzando las estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y se han quedado en la orilla. Si no las arrojo de nuevo al mar, morirán aquí.

- Entiendo -le dijo el viejo- pero debe de haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas todas, son demasiadas. Y quizás no te des cuenta de que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa… ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido? Aunque salvaras a miles, habría millones de ellas que morirían de todas formas. Tu esfuerzo no tiene sentido.
La mirada del chico se llenó de lágrimas, miró desconcertado la inmensidad de la playa y la magnitud del desastre a la que el sabio se refería, en silencio el chico sonrió, se inclinó, tomo una estrella y, mientras la lanzaba de vuelta al mar, respondió:

- ¡Para ésta sí lo tuvo!

Este cuento de Loren Eiseley es maravilloso!!! Nos muestra que ningún esfuerzo es en vano, la fuerza y la validez de cualquier acción o actitud es grandiosa aunque llegue sólo a una persona. Es importante saber dirigir nuestros esfuerzos y propósitos. Cuando tocas el alma de una persona, aunque sea sólo una, el mundo será mejor. Mejorar el mundo le da sentido a nuestra vida y esto es suficiente con un acto aunque sea simple.

Y tú, ¿cómo tocas la vida de los demás?

1 comentario:

marga dijo...

Me gusta mucho este cuanto, también lo tengo en mi blog.
Un gusto leerte.
Abrazos.